SIGUENOS EN FACEBOOK

Se hunden entre la basura de Duquesa para sobrevivir

EL RADAR.COM.-Martín AdamesSanto Domingo, RD

El hedor, el ruido y el sofo­cante calor que se genera en el centro del vertedero a cielo abierto de Duque­sa, sólo parecen molestar al que no ha estado allí.

Cientos de haitianos y decenas de dominicanos que “bucean” diariamen­te a allí, han hecho entre lomas de basura un hábi­tat y un medio de subsis­tencia.

Listín Diario penetró al centro de Duquesa, para constatar uno de los me­dios de vida más margina­les que puedan existir.

En medio de la basura trabajan, comen, descan­san y hasta se recrean, pe­se a que para ellos resulta normal ese modus viven­di. La insalubridad y los riesgos a que se enfrentan haitianos y, en menor pro­porción, dominicanos que viven del vertedero de Du­quesa, donde se produjo un incendio que se prolon­gó por casi un mes. El ver­tedero ya inició su reaper­tura.Mantenerse fuera de la ruta de los camiones que cada minuto llegan a ver­ter sus desechos desde dis­tintas partes de la capital no es una opción, sino la garantía de permanecer vivos. Estos vehículos pe­sados no se detienen, sus choferes tienen el tiempo contado para tirar la basu­ra y marcharse.

Los “buzos” esperan la llegada de los camiones y tras abrir las compuer­tas, se lanzan a extraer las cosas de mayor valor, los plásticos y metales princi­palmente, para luego ven­derlos.

Buscan uno que otro cal­zado, prenda de vestir o ar­tículo del hogar utilizable y mercadeable. También hurgan en la basura latas y botellas a fin de “inter­cambiarlas” por un par de pesos. La faena es terrible, riesgosa y cansona.

“El hierro se vende por kilos”, explicó a Listín Dia­rio un “buzo” que iba con un pesado saco al hombro, tras terminada su jornada.

Los que se agotan tratan de descansar sobre lomas de basura más pequeñas y menos húmedas.

Esta actividad involucra tanto a hombres, mujeres como a niños, incluso hasta adultos mayores compiten por hallar lo mejor, en una lucha constante por reco­lectar cosas de valor. Quien resulta más hábil gana más.

Ese afán de búsqueda y recolección en Duquesa ha generado riñas con saldo de hechos sangrientos, se­gún confesaron.

Llamó la atención una jo­ven que sonreía por lo que acababa de encontrar. “Es­tos ta’ bueno”, dijo en pre­cario español cuando se le preguntó por los paquetes de pelo que encontró, el probable desecho de algún salón o peluquería.

Entre el vertedero seguí hurgando, montañas de basura parecían más inter­minables que los camiones que entraban y salían. Una “industria” que no para.

Continuó el recorrido hasta llegar al “área de co­mida”, ubicada en el mis­mo centro del vertedero, pero se distinguía por tener una especie de orden.

Varias señoras bajo pa­raguas que disminuían los rayos del sol, y sentadas en bancos o sillas, vendían diferentes alimentos a su clientela. Cientos de traba­jadores informales que de sol a sol laboran en el ver­tedero.

Yaniqueques, yuca, plá­tanos y huevos hervidos predominaban en el menú a precios desde 15 y 20 pe­sos, pues los clientes no son muy remunerados por la “industria” para la que tra­bajan.

El huevo y el arenque eran las principales compa­ñas, según se pudo obser­var, y para completar la die­ta también se ofrecía dulce de leche, cuyas porciones cuestan 5 y 10 pesos.

Los derivados de la hari­na, junto a una especie de bollos de yuca, componían el principal carbohidrato de la dieta, mientras que el huevo y el arenque las prin­cipales fuentes de proteínas.

No es de extrañar que para tan fatigante jornada, haya que comer este tipo de alimentos en importan­tes cantidades, desplazarse a otro sitio era menos via­  ble, y los hace correr el ries­go de perder un “buen ca­mión”. Básicamente esa es la razón por la que comen ahí mismo, según explica­ron.

En cuanto a las bebidas, la oferta está compuesta por funditas de agua y re­frescos, guardados en ter­mo-neveras de diferentes tamaños que, pese al terri­ble calor, cumplen su objeti­vo y los mantienen frescos.

Las preguntas y los equi­pos del Listín Diario pa­recían intimidarlos, no acostumbran a ver allí a desconocidos, entre timidez y risas expresaban sus es­cuetas respuestas, mientras hacíamos un esfuerzo por entenderlas. Otros tenían una actitud más coopera­dora, e incluso se ofrecían como guías, traductores e instructores de lo que que­ríamos averiguar.

Así se vive en Duquesa, donde las ONG, agencias e instituciones que imple­mentan políticas para erra­dicar la pobreza, la margi­nalidad y la migración, no parecen llegar.

La insalubre y precaria forma de subsistencia no es de gran preocupación para ellos, es lo que saben hacer, y muchos es lo único que han visto, pues han abando­nado las escuelas para unir­se a estas labores junto a sus padres, mientras otros ni si­quiera cuentan con la docu­mentación para estudiar o ejercer otro oficio.

Entre las pocas horas que duramos allí, casi resulté herido por pisar maderas con clavos. Pensé entonces en ellos que caminan diaria­mente por más horas.

POBREZA
Un mundo de precariedades

 Sustento.

Estiman que a diario los “buzos” pueden conse­guir entre 500 y 1000 peso dependiendo de la suerte que trajera el día.

Hábitat.

Dentro de Duquesa hay una vida oculta en la que se sobrevive.

No hay comentarios

Con la tecnología de Blogger.